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 Mitologia de Cantabria

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Patry
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MensajeTema: Mitologia de Cantabria   Jue Mayo 22 2008, 11:54

Espero que os guste. Talis si crees que debe ir en otro sitio por favor muevelo Very Happy

El Ojáncano: personifica el mal para los montañeses. Es el personaje más desagradable y malvado de la mitología de Cantabria.
Es un ogro enorme, tan alto como los árboles más altos y tan robusto como los peñascos que sostienen a las montañas.
Tiene unos pies y manos gigantescos y en cada pie tiene diez dedos que terminan en unas afiladas garras, lo mismo que sus manos, que también tienen diez dedos cada una rematados por sendas garras. En ellas suele llevar una honda de piel de lobo con la que arroja grandes piedras y en la otra porta un recio bastón negro, que puede transformarse en lobo, víbora o cuervo, los tres animales del bosque amigos suyos.
Todo su enorme cuerpo está cubierto por un pelo áspero y rojizo. La parte delantera de éste está casi tapada por una espesa barba, en la que tiene un pelo blanco, el punto débil del Ojáncano, si alguien consigue arrancarle ese pelo, tras cegarle el único ojo que tiene en su frente, podrá matar a este desagradable ser.
Pero por desgracia, el Ojáncano no está solo, con él vive la Ojáncana, un monstruo tan terrible como él o quizá aún más. La Ojáncana se parece mucho a su compañero, pero ella tiene dos ojos, aunque lo más característico de ella son sus enormes pechos, que ha de echarse a la espalda cuando corre por el bosque.
El Ojáncano no se reproduce en pareja, su nacimiento es de lo más curioso. Cuando un Ojáncano está viejo, los demás lo matan, le abren el vientre para repartirse lo que lleve dentro y lo entierran bajo un roble. Al cabo de nueve meses, salen del cadáver unos gusanos amarillos, enormes y viscosos, que durante tres años serán amamantados por una Ojáncana con la sangre que mana de sus voluminosos pechos y de este modo pasan a convertirse en Ojáncanos y Ojáncanas.
De esto se desprende que reinan en la Montaña a sus anchas y sólo un duende o una Anjana pueden castigarlos.

La Anjana (mi avatar es una Anjana): es, frente al desagradable Ojáncano, un ser menudo, hermoso y bondadoso.
La Anjana es una hermosa ninfa que no mide más allá de medio metro, tiene los ojos rasgados y sus pupilas son azules o negras y brillantes como luceros, su mirada es serena y amorosa. Tiene unas largas trenzas rubias y se adorna la cabeza con una corona de flores. Su piel es muy blanca.
Tiene una voz dulcísima, como de ruiseñor y una pequeñas alitas casi transparentes, que la hacen parecerse a una mariposa.
Viste una túnica blanca con pintas relucientes y un manto azul que cambia por uno negro en el invierno. Lleva una vara de mimbre verde con una estrella en la punta y una botellita con una bebida milagrosa que cura a los enfermos. Vive en grutas recónditas que son auténticos palacios con el suelo de oro y las paredes de plata. Vive cuatro siglos y puede transformarse en lo que desee y hasta hacerse invisible.
Cuando algún cántabro tiene problemas, invoca la ayuda de la Anjana, que solamente se la prestará si éste es una buena persona. Pero la Anjana también castiga a quien la desobedece.
Parece que el poder de las Anjanas les viene dado por alguna fuerza superior, ya que ellas también pueden ser castigadas, sobre todo si se enamoran de un mortal, que significa renunciar a su esencia. Pero esto es excepcional y, por lo general, lo que distingue a la Anjana es su bondad.




Los duendes
El Trastolillo o Trasgo: es el más conocido de entre todos los duendes que habitan las casas de Cantabria, aunque en algunos lugares se le conoce como Trasgu.
Es un duende juguetón y atolondrado que constantemente está riéndose. Es pequeño y más negro que el hollín, con el pelo largo y del mismo color. Tiene carita de pícaro y unos ojillos muy verdes, colmillos retorcidos, dos incipientes cuernecitos y un rabillo que casi ni le distingue. Viste una especie de túnica roja que se hace de cortezas de árbol cosidas con hiedra, se cubre la cabeza con un gorrito blanco y se apoya en un bastoncillo de madera.
Todas las cosas que suceden dentro de la casa y que son inexplicables tienen por autor al Trastolillo. Como la gente sabe que son cosas del duende, ni se sorprenden ni se asustan.

El Trenti: es muy parecido al Trastolillo, pues es pequeñuco, tiene la cara muy negra y los ojos verdes, y no se queda atrás en lo de picaruelo y bribón, pero el Trenti, en cambio, no entra en las casas, pues es un duende del bosque. Por eso, para pasar desapercibido entre la vegetación, lleva por vestido una túnica de hojas de castaño y musgo que se confunde de maravilla con el entorno. Se alimenta de maíz y bebe leche, pero no agua, que es veneno para él. En el verano duerme entre la maleza, al pie de los árboles y en el invierno se refugia en las hondonadas.
Su entretenimiento favorito es tomar el pelo a los Montañeses que aciertan a cruzársele por los montes de Cantabria.

El duende Zahorí: este es un enanito que a diferencia de los dos anteriores, no se dedica a fastidiar con sus bromas a las gentes de Cantabria. La gente lo llama "buscador milagroso" o "duende de las cosas perdidas", puesto que cuando algún cántabro pierde algo, lanza una invocación como esta al duende zahorí para que éste le encuentre lo que ha extraviado:
Duende, duende, duendecito,
una cosa yo perdí;
duende, duende, duendecito,
compadécete de mí.
Si la persona que lo invoca es buena, el duende zahorí llega rápidamente y escucha con atención la descripción del objeto perdido y hace una indicación al que lo invocó para que le siga. Da muchos rodeos antes de dirigirse al lugar donde está el objeto y si ve que la persona empieza a impacientarse y a dudar de él desaparece de repente y luego, ya solo, recupera el objeto y se lo regala a algún necesitado.
Es un duende pequeñín y morenuco, de cara redonda, nariz larga y afilada, ojos negros y grandes y pelo rubio. Su voz es ronca, como si estuviera enfadado, pero en realidad es muy alegre y su risa es larga y burlona. Se viste con una zamarra roja y siempre anda corriendo de un lado a otro.

Animales imposibles
La monuca: es un animal que sólo se conoce en Cantabria. Es parecido a la garduña, pero con la piel de varios colores, la cabeza blanca como la oveja, el cuerpo rojo, azul y negro y el rabo morado. Es hija de un gato montés y una garduña.
Es un animal fiero y desagradecido, pues nada más nacer abandona la madriguera y tiempo más tarde vuelve a ella para matar a la garduña, su madre, pero esto hará que sea perseguida por el gato montés, hasta que la encuentre y la mate a ella.

El basilisco: es un animal verdaderamente extraño en forma de reptil, pero con patas, pico y cresta de gallo, que mata con la mirada.
Las condiciones que tienen que darse para que nazca un basilisco son muy especiales. El basilisco nace de un huevo que pone un gallo una noche de luna llena, exactamente a media noche. Si se dan estas premisas, al día siguiente encontraremos un huevo blanco y esférico.
Este ser no abulta más de un palmo y en los ojos tiene un fuego que fulmina a cualquier animal o persona. Sólo hay dos medios para matar a un basilisco: el canto del gallo, que lo ahoga en cuanto lo oye y un espejo, para que al verse en él reflejado, su propia mirada lo mate.
Por temor al basilisco muchos viajeros que atraviesan las montañas de Cantabria van acompañados de un gallo, para poder enfrentarse a él y salir bien parados.

Los caballucos del diablo: en Cantabria, las hogueras del día de San Juan perpetúan la tradición purificadora y propiciadora.
Los caballitos del diablo son siete y parecen grandes libélulas, pues tienen alas larguísimas y transparentes, con las que vuelan velozmente por el cielo de las noches cántabras. Van siempre todos juntos y son cabalgados por siete demonios. Sus ojos relumbran como brasas, resoplan por las narices como el viento, arrojan inmensas llamaradas por la boca, llevan en las patas unos fuertes espolones y, cuando huellan el suelo con sus cascos, dejan unas marcas que no se borrarán nunca, aunque sea en la roca.
Son muy malos para los montañeses, pues se dedican a quemar o pisotear los campos de mieses.
En Cantabria es tradición en la mañana de San Juan acudir al monte a buscar tréboles de cuatro hojas, pero esto resulta muy difícil, porque la noche anterior los caballitos del diablo se han dedicado a destruir todos los que hayan encontrado. Pero si alguien a pesar de todo consigue encontrar uno de estos raros tréboles, le serán concedidas las tres gracias de la vida:
Vivirá cien años.
No sufrirá dolores en toda la vida.
No pasará hambre.
Resistirá con ánimo sereno cualquier contrariedad

El alicornio: los mortales que han conseguido verle son muy pocos. Es un caballo blanco, con patas de gamo y cola de león, cabeza púrpura, ojos azules y un cuerno largo y retorcido en la frente, blanco en la raíz, negro en el centro y rojo en la punta. A causa de este cuerno, se le conoce en otros lugares como "unicornio", pero el de Cantabria es distinto, pues parece ser que tenía unas alitas encima de las pezuñas y de ahí el nombre de "alicornio".
Esto explica la increíble velocidad a la que galopaba, pues los pocos pastores que lo vieron cuentan que rebotaba de risco en risco como una centella.
Se dice que vivía en los lugares más inaccesibles de las cumbres, allí donde siempre hace sol porque las nubes no llegan tan alto. Sólo bebía agua de los manantiales más puros y comía florecillas tiernas.
La única manera de capturarlo era con el señuelo de una hermosa y pura doncella, a la que el alicornio se acercaba lenta y mansamente, que era el momento en el que los cazadores se abalanzaban sobre él y lo mataban, pues se sabe que a quien bebiera del cuerno del alicornio (una vez arrancado y transformado en vaso) nunca le haría daño ningún veneno ni sufriría ningún otro tipo de mal.
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Patry
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MensajeTema: Re: Mitologia de Cantabria   Jue Mayo 22 2008, 11:55

En el mar
El hombre pez: hace muchos, muchísimos años, vivía en Liérganes un muchacho muy aficionado al agua pues le encantaba zambullirse en las aguas del río Miera.
Tantas horas se pasó este chavaluco metido en el agua que un día se dio cuenta de que no necesitaba salir de nuevo a flote para poder respirar y animado ante este descubrimiento, siguió buceando y buceando hasta que, de pronto se encontró con una inmensidad... ¡había llegado a la bahía de Santander!. Tanto le impresionó el espectáculo que sus ojos contemplaban que siguió explorando la nueva "tierra" que se abría ante él, seguro de que nadie hasta aquel momento había visto lo que él.
Años más tarde, y dándole su familia por desaparecido y ahogado, en la bahía de Cádiz, encontraron unos pescadores una especie marina totalmente desconocida para ellos. El animal que surgía del agua tenía cabeza de hombre y el cuerpo blanco y cubierto de escamas.
Le llevaron a un convento de frailes donde no pudieron conseguir ninguna información, pues el hombre-pez no hablaba, sólo un día le oyeron decir : "Liérganes", y un monje compadecido le llevó hasta su casa, pero poco tiempo estuvo en ella, pues echaba de menos el mar, que tan bien lo había acogido, así que volvió a él y nunca más se le volvió a ver.

Lantarón: es el Neptuno cántabro, el rey del mar que baña las costas de Cantabria. Su forma es parecida a la humana, pero sus pies son enormes, con los dedos unidos por una membrana. Tiene el cuerpo robusto y musculoso, la piel oscura, verdinegra como las algas y muy brillante, y unas manos fornidas y nudosas. La cabeza es ovalada, con dos ojos enormes y saltones.
Lantarón suele acercarse a tierra cuando la marea está baja y se queda inmóvil en un saliente de las rocas contemplando el vaivén de las olas. Sólo se alimenta de pulpos, a los que arranca del fondo con sus recias manos y se los come lentamente mientras sus ojos contemplan la amplitud de su reino.
Lleva en la mano una recia vara de saúco, árbol sagrado de cuyas bolitas negras, mezcladas con leche de sirena hace un brebaje que por la noche le hace fluorescente y le otorga sus poderes sobrenaturales

Las sirenas: se dice que son perversas y malas, pero en el caso de las sirenas de Cantabria esto no es cierto. Nuestras sirenas son seres adorables. Es cierto que se enfadan cuando algún marinero canta o silba, pues creen que es una burda mofa de sus delicados cantos, y en estos casos se juntan muchas de ellas y nadan formando remolinos alrededor del barco para asustar al marinero cantarín, pero eso es todo.
No son mujeres-pez, sino mitad mujer mitad pez, como los tritones y la diferencia es que ellas siempre han vivido en el mar, aunque alguna vez las sirenas pueden transformarse en mujeres pero sólo por un tiempo.
El marinero que captura una sirena, lo cual es muy difícil, recibe un premio de Lantarón: el derecho a casarse con ella. Para ello el pescador debe besar en seguida a la sirena, cuya cola se transforma en dos hermosas piernas. Además la sirena le entrega su espejo de nácar, que él debe esconder para que ella no lo encuentre, pues si así fuera, el hechizo se rompería y ella regresaría al mar.

Los espumeros: son unos seres marinos de las costas cántabras. Se llaman de este modo porque cuando están juntos, que es casi siempre,, les encanta jugar con la espuma, ya sea en la cresta de las olas, por las que corren sin hundirse, o cuando revolotean sobre las estelas de los barcos. Son hombrecitos muy pequeñucos, como niños regordetes, y visten una túnica del color de las algas.
No se alejan mucho de tierra, en la que a veces se internan por diferentes razones, pues son ellos quienes recogen flores en los prados y bosques para hacer collares a las sirenas y ellas, a cambio, les regalan caracolas y cada uno tiene la suya.
Cuando va a haber tormenta suben a los acantilados y soplan al tiempo sus caracolas para avisar a los pescadores de que deben volver a puerto.
Son rubios o morenos y tienen unos ojos tan brillantes que cuando la niebla oculta la costa, se colocan delante de los barcos y les guían como si fueran faros.

Los ventolines: cuando algún pescador tiene problemas en el mar o está tan agotado que no puede ya remar y su vida peligra, susurra estas palabras para invocar la ayuda de los ventolines:
Ventolines, ventolines,
ventolines de la mar:
este viejo está cansado
y ya no puede remar.
Aparece entonces un enjambre de pequeñas criaturas que son como diminutos angelitos, con unas alas grandes y verdes, que comienzan a soplar con todas sus fuerzas la vela de la barca y acercan así al pescador en apuros a tierra firme.


Monstruos
El culebre: son unos monstruos entre dragón y serpiente, que se llaman también cúlebres. Casi siempre guardan tesoros de los que escondieron los moros. Es muy difícil verlos, pues salen poco y nadie se atreve a internarse en sus guaridas. Se comen vacas enteras y una vez al año comen a una doncella.
Son unos extraños reptiles comparables a los dragones, con cabeza ancha, potentes mandíbulas armadas con enormes colmillos, cresta espinosa que se prolonga por todo el espinazo hasta la cola, patas de aceradas garras y alas de murciélago. Su aliento es fétido y repulsivo.
Existe en San Vicente de la Barquera una cueva en la que dicen que vivía un enorme culebre al que mató Santiago en su peregrinar a Compostela y se dice que aún hoy pueden verse marcadas en la roca las marcas de las herraduras del caballo de Santiago.

El cuegle: es un bicho rarísimo. Tiene cuerpo de animal pero anda erguido. La sangre la tiene blanquecina, la cabeza grande con un cuerno y los cabellos ásperos como matorrales. La cara es de hombre, aunque negra, con tres ojos, uno azul, otro verde y otro rojizo, y la barba larga. Tiene tres brazos y manos enormes como mazos, pues carece de dedos, y unas piernas robustas llenas de cicatrices y arañazos de los espinos. En el brazo derecho tiene unas manchas verdes y en el cuello como un collar rojo que de noche parece de fuego. Se viste con las pieles de los animales que mata. Es muy voraz, tiene en las fauces cinco filas de dientes afilados como los de los lobos y en el abdomen cinco estómagos.
Cuando son pequeños sus madres los alimentan con hojas de roblecillo y de acebo, pero pronto se aficionan a la carne y comen todo tipo de animales. Los que más les gustan son las garduñas y los zorros. Cuando en el invierno no pueden salir de sus guaridas a causa de la nieve, sólo pueden comer las orugas y los gusanos que encuentran escarbando en la tierra con el cuerno.

También comen niños pequeños, a los que roban con cuna y todo. Para evitarlo, las madres que lo saben ponen en ella una ramita de acebo o roblecillo y, al llegar el cuegle y olerlo, se le ponen los pelos de punta y siente tales náuseas que tiene que salir corriendo, pues no puede soportar el olor de las hojas con que le cebaron de pequeño.
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Patry
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MensajeTema: Re: Mitologia de Cantabria   Jue Mayo 22 2008, 11:55

En el monte
El musgoso: nadie le ha oído nunca hablar, pero en los montes de Cantabria todo el mundo le respeta y le conoce y muchos son los pastores que le deben incluso la vida. El Musgoso sólo vive para hacer bien en el monte, para avisar de los peligros de la Naturaleza, del Ojáncano y de otros seres malignos.
Es un hombre alto y delgado, de cara pálida, ojos pequeños y hundidos y barba negra muy larga. Viste una zamarra de musgo seco y sandalias de piel de lobo y en el zurrón lleva siempre una flauta de una madera desconocida.
Siempre está caminando, muy lentamente, como si estuviera cansado, pero nunca se detiene.
A veces toca la flauta y, sin dejar de andar, interpreta dulces y a la vez tristes melodías que son inconfundibles, pero nunca por la noche, ya que por la noche silba. El sonido de la flauta del Musgoso hace que los pastores se protejan del temporal que llega, guardando sus rebaños y buscando refugio.
Otras veces lo que alerta a los pastores no es ni su silbido ni el sonido de su flauta, sino unos ruidos característicos como de una rama que se desgaja o una piedra que rueda monte abajo. Esto hace que los pastores estén muy atentos, pues es señal de que algún peligro les aguarda.

El arquetu: es un viejo de larga melena bermeja con un hábito blanco salpicado de pintas moradas. En la frente tiene una cruz verde rodeada de llaves y candados pintados. Camina muy despacio y nadie sabe de dónde viene ni adónde va.
Le enfada sobremanera que los hombres malgasten su dinero en juergas y vicios. Cuando algún desgraciado pierde sus bienes de ese modo y se refugia en el monte, el Arquetu se compadece de él y, abriendo la arquita que lleva consigo, le da unas onzas de oro para que las invierta en su trabajo y las haga fructificar. Pero si el derrochador toma las monedas y se las gasta en sus vicios, el Arquetu le condena a pasar el resto de sus días pidiendo limosna por los caminos.

Las mozas del agua: son unas muchachitas que viven en suntuosos palacios en algunas fuentes y ríos de Cantabria. Por su hermosura y riquezas se parece a las Anjanas, pero las mozas del agua no tienen tantos poderes, pero son riquísimas.
Son muy pequeñitas y se cubren con capitas de hilo de oro y plata. Tienen rubias las pestañas, las cejas y el pelo, que recogen en largas trenzas. En la mano derecha llevan unos anillos blancos y en la muñeca izquierda un brazalete de oro con franjas negras.
Los días de sol salen del agua y extienden sobre la hierba para que se sequen unas madejillas de hilo de oro que han hilado durante toda la noche en sus palacios. Pues las mozas del agua nunca duermen. Mientras las madejillas se secan, se cogen de la mano, y en corros cantan y bailan llenas de alegría.
Mientras van bailando, brotan de cada pisada unas florecillas que flotan en el aire como la espuma. Se dice que si alguien consigue coger una antes de que se deshaga, será feliz toda la vida.
Cuando las madejas están secas, las recogen y se disponen a volver a sus palacios sumergidos, pero a veces, hay algún joven que coge un cabo suelto de una de esas madejas. Entonces las mozas del agua tiran todas juntas de la madeja y arrastran al muchacho al agua, pero éste no se ahoga, sino que ellas le llevan a su palacio y allí tiene derecho a elegir a las más bella y casarse con ella. Ahora ya pertenece al reino de las aguas y no volverá a tierra más que una vez, el día más largo del año. Sale de las aguas con su esposa y con ella recorre los senderos de los bosques, dejando junto a un árbol o encima de una roca un anillo, un broche o un collar.
Estas joyas son invisibles para todos, excepto para las doncellas virtuosas, de modo que éstas enseguida ven las joyas y las guardan durante toda su vida, pues son una especie de talismán que les confiere la cualidad de curar cualquier enfermedad con el agua de un río o de una fuente.
La mayor parte de las curanderas que quedan en Cantabria deben sus dones a una de estas joyas que encontraron de jovencitas.

La guajona: a veces los niños y jóvenes cántabros tienen un color pálido, como si algo les hubiese sentado mal o como si estuviesen enfermos, pero no es ninguna enfermedad la que causa sus males, es la Guajona que en algunos sitios llaman Lamia.
Es una vieja delgada y siniestra, tapada de la cabeza a los pies por un manto negro. Lo único que muestra son las manos, renegridas y sarmentosas, lo pies, que en realidad son patas de ave, y la cara, una cara amarilla, rugosa, consumida, sembrada de pelos y verrugas, con unos ojos diminutos, brillantes como estrellas, nariz aguileña y labios delgados y descoloridos, y en la boca, un único diente, negro y enorme como un puñal, pues le llega hasta debajo de la barbilla.
La Guajona no vive de día y nadie sabe donde se mete, aunque algunos creen que se esconde bajo tierra. Cuando llega la noche, sale confundiéndose entre las sombras. Entra en las casas sin hacer ruido, se acerca a los niños y jóvenes sanos cuando están durmiendo y les clava ese diente largo y afilado, les bebe la sangre y los deja descoloridos.

Otros personajes
Las brujas: se trata de brujas voladoras que tienen poder entre los mortales durante el tiempo que transcurre alrededor de la media noche (también llamada "hora bruja") y los primeros brillos del alba. Es decir, hasta que el sol ahuyenta los malos espíritus o se rezan las primeras oraciones del día.
Las brujas de la montaña no son hechiceras, ni encantadoras, ni adivinas: se cree en estos tres fenómenos, pero no se las odia; al contrario, se las respeta y se las consulta, pese a que sean familiares del demonio. Por ello algunas veces, el pueblo se beneficia de sus artes.
Todos los sábados del año, por la noche, las brujas montañesas salen volando chimenea arriba, montadas en escobas o transformadas en cárabos, rumbo a Cernégula, pueblo de la provincia de Burgos, donde celebran sus reuniones y sus ritos, las brujas allí reunidas se untan con un compuesto a base de hierbas frías, hierba mora, mandrágora y otras hierbas que producen visiones agradables.
Cuando regresan de sus reuniones en Cernégula se reúnen en cónclave; en él se exige a todas las brujas cántabras que relaten cuantas maldades hayan cometido durante la semana. Tales encuentros no llegan a ser akelarres, tan solo son pequeñas reuniones.
Pero las brujas montañesas también son curanderas: hacen mezclas de hierbas a todos los enfermos que confían en ellas, hacen el mal por las noches a los niños y a las embarazadas; atizan los incendios y sueltan el ganado de los establos, provocando que los animales se degollen entre sí a cornazos.

Un elemento fundamental para ellas es la escoba, en la cual se montan por la noche recorriendo todos los pueblos de Cantabria y sembrando el mal en ellos y provocando el enojo de todos sus habitantes. También se les atribuyen poderes sobre los cambios del clima, por eso, cuando cae una fuerte tormenta y seguidamente sale el sol, es un presagio de que va a caer otra tormenta. A ese sol se le llama "sol de brujas"

Los nuberos: geniecillos diminutos y malignos que cabalgan sobre la tempestad descargando el rayo y el granizo. Son los agentes y rectores de las tormentas de la Montaña, guiando un verdadero cortejo de nubes sin contorno y con enormes proporciones; se les tiene gran temor, ya que pueden causar grandes destrozos en los pueblos, por eso son tan temidas las noches de grandes lluvias y tormentas. Se encienden cirios para ahuyentar los nubarrones o se hacen tañir las campanas para ahuyentar los malos espíritus.
También actúan contra los pescadores cántabros. Cuando éstos se disponen a realizar sus faenas, los nuberos provocan terribles galernas que les obligan a volver a puerto con las manos vacías.
Disfrutan alterando el tiempo y haciendo el mal a los montañeses, que aún no han encontrado un método para hacer desaparecer a semejantes personajes.

La osa de Andara: vive en los Picos de Europa, en la región de Andara. Se alimenta normalmente de leche, castañas, raíces, maíz crudo y bayas de ciertos árboles y, a veces, de algún cabritillo. Esta mujer-osa, desaparece con la llegada de las nieves, pero vuelve a aparecer con el buen tiempo para reanudar sus fechorías.
Tiene la cara de mujer madura sin serlo y algo desdibujadas las facciones, cuando se enfada bizquea; tiene unas manos enormes de color oscuro, es brava y forzuda, pero rara vez demuestra su agresividad.
Su cuerpo está cubierto por un traje viejo y vulgar, los cabellos son largos y de color oscuro, sus brazos y piernas están cubiertos del mismo pelo que tienen los osos.

La reina mora: se dice que está sepultada en su cueva desde hace cientos de años, llorando por su encantamiento. La Cueva de la Reina Mora, que guarda en su sima paisajes inéditos de variada condición, es un yacimiento paleolítico.
La cueva es de techo alto, con estalagmitas de formas caprichosas, cuyo perfil se asemeja a una mujer hecha naturaleza.
Se cree que el sonido de las aguas subterráneas y el débil silbido del aire en la cueva son los lamentos de los cadáveres de los moros allí sepultados, y también de la Reina Mora, que implora constantemente su liberación.

Las ijanas: se dice que está sepultada en su cueva desde hace cientos de años, llorando por su encantamiento. La Cueva de la Reina Mora, que guarda en su sima paisajes inéditos de variada condición, es un yacimiento paleolítico.
La cueva es de techo alto, con estalagmitas de formas caprichosas, cuyo perfil se asemeja a una mujer hecha naturaleza.
Se cree que el sonido de las aguas subterráneas y el débil silbido del aire en la cueva son los lamentos de los cadáveres de los moros allí sepultados, y también de la Reina Mora, que implora constantemente su liberación.

Los enanucos bigaristas: enanos, feos y barbudos, maduros y con arrugas en el rostro, dotados de gran inteligencia y habilidad y con una sabiduría semidivina. Son pequeños y solitarios, tocan el bígaro y le arrancan multitud de notas distintas. Suelen aconsejar a la gente y es raro que se ofendan, pero cuando lo hacen, se vuelven malos y vengativos, obrando con gran perversidad.
Se les encuentra en las galerías de las minas, lo cual es un buen augurio, pues eso quiere decir que allí se encontraran metales o gemas de gran valor. Se cree que estos enanucos poseen grandes tesoros escondidos bajo tierra.
Nunca van en grupo. Algunos se dedican a causar mal corrompiendo las aguas cristalinas, llenándolas de sapos y de escorpiones.
Por suerte son más los enanos del bígaro que se dedican a hacer el bien que los que se entretienen causando el mal a los cántabros.

El roblón: es más grande incluso que un Ojáncano. El nacimiento del Roblón es muy curioso...
Según cuentan los ancianos era un roble normal y corriente, aunque viejo, que tenía un enorme hueco en el tronco. Una tarde de tormenta se cobijó en el hueco de su tronco una bellísima muchacha. Empapada y aterida como estaba se apretó contra las paredes del hueco y el árbol, ante la tibieza de aquél cuerpo y el aliento de aquella boca sonrosada, sintió como la savia le corría más rápido por el tronco hasta que acabó estrechando a la mocita en un abrazo mortal. El árbol absorbió la sustancia y los humores de aquel joven cuerpo y aquella nueva savia hizo crecer desmesuradamente al roble, cuyas raíces se extendieron por los alrededores robando a los árboles y arbustos cercanos, no sólo su agua y alimento sino también su savia.
De este modo el Roblón acabó teniendo un aspecto extrañísimo. Su larga cabellera era de hierba casi seca, que caía en grandes mechones desde sus ramas más altas. La frente, ancha y rugosa era de haya. La nariz era una rama de encina, las barbas eran un bosque de matas de brezo, debajo de la cabeza le salían dos troncos de abedul que eran los brazos, con multitud de ramas como dedos. Y las piernas robustas y nervudas, eran fresnos de todos los tamaños. De roble sólo le quedaban las mandíbulas y el corazón.
En cuanto a los ojos, eran los de la muchachita, que, abrasados de dolor, aparecían envueltos por una mata de espino que llenaba totalmente las cuencas y ardía sin consumirse, de modo que , por la noche parecían dos lunas.
Después de esto el Roblón se empezó a mover, convirtiéndose en el azote de la Montaña. Sus pisadas hacían temblar los bosques, su respiración agitaba las ramas de los árboles y su sombra parecía la de una nube. Destrozaba todo lo que había a su paso, fueran cabañas, setos, paredes y, sobre todo, fuentes, a las que acudía a meter sus raíces para absorber por los pies todo el agua que podía.
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